Enterrado en soledad el artista belga Jean-Claude Englebert `Eka´
Jean-Claude Englebert cuenta que el último día de octubre de 1987 volvió de noche a su casa tras una agotadora jornada de trabajo. Cuando abrió la puerta su mujer y sus hijos corrieron a felicitarle por su 50 cumpleaños. En ese momento sufrió su tercer infarto y no recuerda nada más hasta tres días después, cuando se encontró en Avignon, a 1.000 kilómetros de su ciudad, Lieja, sin techo, sin dinero y sin documentos. «Por lo que me han contado -dice- en esos días volví al trabajo y seguí con mi vida normal. Salí a cambiar el coche de sitio y ahí se pierde el hilo». Dejó atrás a su familia, sus empresas: dos agencias de publicidad y ocho tiendas de decoración, y su puesto en la asociación de pequeños empresarios locales, del que había sido fundador y presidente.
Meses después comenzó a dibujar para ganarse la vida como artista callejero. «Estaba de `okupa´ en un pequeño granero en el centro de Avignon y empecé a vender en la calle para comer». De la ciudad francesa guarda un puñado de dibujos y buenos recuerdos, como su primera exposición y su primera gran venta: un rollo de papel con una panorámica de 360° de la plaza principal que le compró un marchante norteamericano. Con el dinero en el bolsillo se fue a París y estuvo un mes pintando los tejados de la ciudad desde el techo del museo Pompidou. Varios de esos dibujos fueron comprados por el arquitecto del edificio, Richard Rogers.
«Estaba enamorado -sigue- pero para no hacerla daño me fui». Eka se instaló entonces en Garachico, en Tenerife, donde progresó en la técnica del dibujo. «Cuando viene la emoción, porque eso que se llama inspiración no existe, cuando algo me emociona lo dibujo en un folio, en un cuaderno, en una servilleta -tengo cientos- y luego lo elaboro, a veces es un momento y otras días, porque pinto delante del modelo y vuelvo y la mesa de la terraza en la que me senté está ocupada o hay un camión de reparto... y tengo que volver... es como un deporte».
También encontró el amor con una azafata alemana. En septiembre del 99 iba a inaugurar una exposición para el Ayuntamiento de Garachico pero tuvo que retrasarla unos días porque la sala se había comprometido con dos artistas a la vez. «Mi novia decidió ir a pasar esos días a Formentera y el mismo día en que yo inauguraba en Garachico ella murió en la playa de Migjorn de Formentera mientras intentaba salvar a otra mujer que se estaba ahogando. Una casua lidad; si no se hubiera aplazado la exposición...», dice con un hilo de voz.
De Formentera a Eivissa
Eka volvió a la isla para el homenaje en el aniversario del fallecimiento de su novia. Sus amigos de la isla decidieron montarle una exposición por sorpresa en la sala del Ajuntament Vell y ocurrió una nueva casualidad fatal. El mismo día en que inauguraba se enteró de la muerte de su hija en Lieja, lo que le llevó por primera y última vez a la ciudad en la que había vivido la primera parte de su vida. «Unos días pespués estaba de vuelta -cuenta-, pero cuando llegué a Eivissa el último barco a Formentera había salido. Hasta entonces conocía Eivissa sólo de paso, pero un encuentro casual con unos vecinos de Bélgica me hizo quedarme. Yo estaba muy mal por la muerte de mi hija y ellos me dejaron su casa en Sant Carles para que descansara».
Eka se instaló en Vila en 2000 y desde entonces se ha convertido en una de las figuras más conocidas de la bohemia de la ciudad, aunque a veces eso le ha llevado a dormir en un banco y comer gracias a Cáritas. Cuenta sus lugares de trabajo por terrazas de bares: Can Pou, el Hostal el Parque, Madagascar, sa Murada, Pub Suy, Vara de Rey... Aunque en los últimos meses el agravamiento de su enfermedad pulmonar le tiene enclaustrado en su habitación enchufado al oxígeno varias horas al día.
Lee libros de economía, que le apasiona, todos los periódicos que caen en sus manos y no deja de maquinar nuevos proyectos, como la exposición prometida a la ciudad de Avignon o el que ahora le ocupa de dibujar una se rie con todas las iglesias ibicencas. Asegura que, según las estadísticas, sólo uno de cada 30.000 artistas tiene éxito y generalmente es después de muerto, pero cuando cuenta su vida anterior de empresario no parece que le preocupe: «Durante 34 años creé y dirigí empresas, dormía dos horas, fumaba seis paquetes de tabaco y tomaba 25 cafés al día. Trabajé 18 horas diarias sin festivos, sin va caciones y sin una baja médica».
EIVISSA | F. DE LAMA El nicho 44 del grupo A-L del cementerio nuevo de Vila acoge desde el pasado sábado los restos mortales del artista belga Jean-Claude Englebert, conocido como `Eka´. El entierro se produjo en soledad absoluta ya que Eka no tenía familiares en Eivissa y los Servicios Sociales del municipio, que se habían hecho cargo de gestionarlo, no avisaron a sus amigos de la isla. El cuerpo llevaba en Pompas Fúnebres desde que se produjo el fallecimiento, en la madrugada del pasado 7 de diciembre, a causa de un infarto, aunque el conocido dibujante de la bohemia de las Pitiüses sufría una grave insuficiencia respiratoria desde hacía años y su estado de salud era muy delicado.
Una vez enterrado el artista, del que nadie reclamó el cuerpo, el problema se centra ahora en qué va a pasar con su legado, que está en su mayor parte en el piso que compartía en la calle Aragón de Vila y que también le pagaba en parte el Ayuntamiento. Otra parte continúa desperdigada por algunos de los locales que frecuentaba, casi todo dibujos a lápiz, bolígrafo o pluma.
Se cree que el artista dejó escrita su última voluntad sobre su obra en una libreta que llevaba siempre consigo, aunque aún no ha podido ser recuperada. Sus amigos se han puesto en contacto tanto con sus herederos en Bélgica, que aún no han contestado, como con el Consell Insular, a través de su servicio jurídico, para que se pueda entrar en su habitación y conocer su testamento así como la obra que tenía guardada. Esperan que se pueda reunir el legado disperso y enviarlo a Bélgica, si es que este era su deseo, o ser recogido por alguna de las instituciones insulares.
Eka, conocido por haber plasmado sobre cualquier soporte estampas de la vida de Vila y también de Formentera, vivió en las Pitiüses casi como un vagabundo y su fallecimiento fue conocido el mes pasado dos semanas después de producirse.
Fuente : Diario de Ibiza